Los síntomas de la angina de pecho y su diagnóstico

Los síntomas de la angina de pecho y su diagnósticoLa angina de pecho es una enfermedad que se produce cuando los tejidos del corazón sufren un ligero daño, ya sea por un insuficiente aporte de sangre o de oxígeno. Puede ocurrirle a cualquier persona y cualquier edad aunque es más común en edades avanzadas.

Su manifestación más evidente es la sensación de un dolor opresivo en el tórax o en ocasiones un ahogo intenso. Generalmente, las personas que experimentan este dolor, suelen sentirlo a la altura del corazón y en ocasiones se extiende frecuentemente hacia el hombro y el brazo izquierdo, al cuello, la mandíbula y en casos excepcionales a los dientes. En otros casos el dolor puede experimentarse en la zona posterior de la espalda o en la boca del estómago.

De forma paralela al dolor, suele aparecer también una sensación de gran angustia que se acompaña con náuseas, sudores fríos y en algunos casos hasta diarreas o vómitos.

Generalmente estos síntomas de la angina de pecho aparecen luego de algún esfuerzo físico y duran unos pocos minutos para cesar una vez que la persona ha vuelto al estado de reposo. Aunque en algunos casos las situaciones de estrés, una comida muy copiosa, la actividad sexual o una exposición extensa al frío pueden conllevar también a una angina de pecho.

Para diagnosticar con efectividad la angina de pecho es vital referir los síntomas aunque los especialitas también aplicarán otras pruebas clínicas como el electrocardiograma para valorar el tamaño del corazón, sus movimientos y la cantidad de sangre que bombea y recoge este músculo a través de las válvulas. También se utiliza con resultados satisfactorios la prueba del esfuerzo en la que se le orienta al paciente realizar un esfuerzo físico por un determinado periodo de tiempo de manera que se pueda evaluar la capacidad de respuesta del corazón.

Aunque con menos frecuencia, los especialistas emplean además los estudios con isótopos radioactivos para valorar los volúmenes de flujo sanguíneo y las zonas del músculo cardíaco afectadas; así como la coronariografía, que permite observar las arterias coronarias y el número, localización y extensión de las lesiones de ateroma que se han formado dentro de las arterias.

En algunos casos también se emplea el registro continuo electrocardiográfico que consiste en un electrocardiograma persistente durante 24 horas para registrar todos los movimientos y flujos cardíacos.

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