¡Quiero perder peso rápido!

Quiero bajar de peso rápido. Quiero adelgazar rápido.

Esta petición la recibimos constantemente, es quizás una de los más frecuentes. Lo quiero y lo quiero ya. Muchas veces casi suena a orden. O a un pedido de niño mal criado. Durante muchos años comemos hamburguesas y hot dogs. Golosinas. Todo tipo de dulces. Caramelos. Chicles.  Repostería. Alimentos procesados. Harinas refinadas. Azúcar refinada. Cremas. Palitos salados. Patatas fritas. Embutidos. Bebemos alcohol de más. La única fruta que vemos es por televisión, cuando nos sentamos largas horas a mirar como pasan frente a nosotros las estupideces más increíbles. Festejamos los goles de todos los ídolos deportivos. Pero… ¿uno nuestro? ¡Ni locos!

No caminamos excepto para ir al baño. Porque si pudiéramos, iríamos hasta en monopatín. No subimos una escalera. No corremos ni para buscar un billete que se nos vuela de la mano.  Luego un buen día, ¡oh casualidad!, nos paramos frente a un espejo y nos tocamos la barriga, la agarramos con nuestro índice y pulgar, y encontramos allí un pequeño ahorro. Miligramo tras miligramo de grasa lo ahorramos pacientemente. Y un buen día nos encontramos con una suculenta cuenta bancaria… de grasa. En la barriga, en la cadera, en los muslos… No sabemos cómo, pero la blusa o el pantalón del año pasado parecen de nuestro hermano menor o de nuestra hija.  Y encima queremos parecernos a Shakira o a George Clooney.

Entonces, desesperadas o desesperados, nos sentamos frente al ordenador y buscamos la fórmula mágica. La receta milagrosa. El ejercicio increíble que nos haga bajar ese peso que tenemos de más, en dos semanas. O en tres. Y encima tenemos pretensiones. Tal o cual ejercicio no queremos hacerlo. De comer frutas y verduras ni hablar. Escribimos a un sitio cualquiera y, si es más o menos serio, cuando recibimos la respuesta es la que menos queremos escuchar. Y probablemente hasta nos enojemos. Y entonces un día escribimos a uno que tristemente nos dice lo que queremos escuchar y allí sí, seguimos esas instrucciones al pie de la letra por catorce días y medio. O compramos ese cinturón reductor que vimos en ese maravilloso anuncio de televisión. ¿O por qué no aquel aparato que nos hace milagrosamente en cinco minutos por día construir nuestros abdominales sin esfuerzo? Cuando nos queremos acordar estamos otra vez mirándonos al espejo. Y entre nuestro índice o pulgar estará otra vez ese amigo.

Recordemos aquel refrán que dice que cuando la limosna es grande hasta el santo desconfía. Queremos aprender, pero no estudiar. Para aprender hay que coger un libro. Y para bajar de peso hay que ser paciente y hacer lo correcto. No hay más…

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