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Vivir en el límite, pero sin adrenalina, y eso es un bostezo ...

1 ÉTICA AMBIENTAL Y CONSUMO Javier Reyes 1. EL CONSUMIDOR El consumidor promedio es un alma sedada para mitigar la carga de su vacío; vacío que rueda, como dice Lipovestky ...

Enviado* el 31/12/2010 17:59
1 ÉTICA AMBIENTAL Y CONSUMO Javier Reyes 1. EL CONSUMIDOR El consumidor promedio es un alma sedada para mitigar la carga de su vacío; vacío que rueda, como dice Lipovestky, sin tragedias ni Apocalipsis. Es un dopado atleta del placer volátil, del encantamiento efímero, del fallido intento por autoasfixiarse toda duda existencial. Compra bajo la luz artificial más encendida y las cataratas del bullicio, pero el deseo previo por consumir se le filtró entre las sombras y el silencio, hasta convertirse en química del cuerpo. Por eso, muchas veces no hay codicia, sino la triste necesidad de amueblarse el alma. Unos compran, los demás desean. Doctores en adquisición los primeros, maestros en vouyerismo los segundos; consumidores, los espíritus de ambos. En palabras de Iván Ilich: la sociedad de consumo produce dos tipos de esclavos: aquellos que están intoxicados y aquellos que ambicionan estarlo. El consumidor busca, rodeado de la masa, los objetos que lo hagan diferente a ésta. Por ello exige la existencia de más modelos de un mismo producto, porque en la profusión lujuriosa conseguirá algo que lo distinga y lo haga diferente.  En su obsesión no comprende la paradoja de que es en la frívola búsqueda de su individualidad, donde se uniforma con los otros y queda atrapado en su condición de masa. La sociedad actual, frente a la erosión de las identidades sociales y la dilución de la fuerza de las ideologías, legitima al consumidor, lo viste de algarabía aunque lo despoje de felicidad. El consumo es un intento de hacerse querer; la caja registradora se presenta como el mejor distribuidor de espaldarazos afectuosos. Comprar es el antídoto al rechazo, el nuevo antónimo de la segregación. Sin embargo, y ahí reside la tragedia del consumidor moderno, comprar no llena los territorios existenciales ni los vacíos de la subjetividad; ni mucho menos, aligera el peso de la vida. El consumidor no sólo lo intuye, lo sabe, pero siempre hará un nuevo intento. Las profundas y complejas necesidades del espíritu humano no se satisfacen comprimiendo al mundo a la calidad de dotador de objetos. Por eso, en la soledad de su espejo, al consumidor se le reitera el fracasado intento de la mejor alquimia: comprar fascinantes mercancías y convertirlas en proteínas para el alma. El consumidor tiene boleto eterno que lo lleva a ninguna parte; es inmigrante legal en un viaje permanente en el que topa, una y otra vez, con la pared de la rutina consumista. 2. EL PRODUCTO
2 Comprar un salero, un jabón, un bolígrafo implica muchas veces participar en un ritual, casi inconsciente, en el que la materia adquiere una pátina de glamour que disfraza la vulgaridad del objeto que se obtiene. Los objetos no poseen su principal valor en sí mismos, sino por lo que representan o por ser pedazos de asfalto que nos llevan a la felicidad. Lo que vale es el artilugio, no la mercancía; hoy, hasta el más insignificante objeto, si es vestido en las boutiques de la publicidad, logra encandilar con su valor simbólico. Si bien, por aburridas leyes de la física, el producto está anclado a su realidad material, la publicidad le permite navegar por los territorios del falso encantamiento. Así, la mercancía se ha convertido en anzuelo de terciopelo, de ahí su calidad de ardid magnético. Pero cuando a un producto se le arranca la envoltura, en su desnudez, la efímera magia se hace añicos, pues ha dejado de ser nuevo y, muy pronto, renace en el consumidor el deseo de otra compra. Algo que lo acerque al cielo Nike, al paraíso Giorgio Armani. Barnizar el despilfarro con glamour publicitario tiene muy poco de fortuito; detrás está el esfuerzo que realizan los núcleos de poder por dominar no sólo gracias a las estructuras de la fabricación de bienes, sino también empleando las estructuras, quizá más poderosas, productoras de signos, de sintaxis y de subjetividad. Así, el producto está por debajo de las marcas, y éstas hoy son más que un logotipo y un eslogan; son fábricas de símbolos, de sublimación de las imágenes, de aliento de ilusiones. Son los nuevos modos del mundo, en el que las obreras fabrican cosméticos, los publicistas venden la cara de Venus; los obreros producen zapatos, los publicistas ofrecen sublimes estilos de caminar. Las marcas se aburrieron de vender mercancías, ahora nos dan identidad, nos complementan los afectos y nos hacen liposucción en las zonas de la infelicidad. Los hoteles Hilton aseguran: "Nuestra casa es su casa, nuestra familia es su familia". Los clientes saben que es mentira, pero tanto cinismo al final deviene en calidez, y terminan siendo huéspedes de la amable imagen de la falsedad. Sin embargo, la perversión de la publicidad no está tanto en su seductor engaño, sino en su tersa capacidad para distanciarnos de la naturaleza política que tiene la vida cotidiana. No es tan preocupante que nos conviertan en consumidores esquilmados, sino en discapacitados para el ejercicio de la ciudadanía. Y ahí, en ese hecho de extinguirnos sin dolor la curiosidad y la autonomía frente al mundo, reside una de las claves del desmoronamiento de la ética. El artilugio de la mercancía es el rayo láser que nos desintegra las glándulas de la ciudadanía política. 3. LA COMERCIALIZACIÓN. El producto necesita de espacios físicos y mecanismos económicos y sociales para comercializarse. El mercado se ha extendido y profundizado para crearle pasarelas a todo tipo de producto. Pero en esta etapa de la historia, el centro
3 comercial es la construcción social y el vehículo simbólico más poderoso para vendernos una realidad de ficción , como la denomina Vicente Verdú. El centro comercial es la cara limpia del sistema: la explotación, la pobreza, la contaminación, el autoritarismo económico, los estertores de los ecosistemas, no enturbian su diáfana atmósfera interior. Sus pasillos y anaqueles permanecen sin manchas y sin sombras, inmunes a los crudos indicios de los que hay afuera o detrás de los telones. La eficiente mitología economicista, que inventa sus propios dioses y rituales, ha hecho del centro comercial el olimpo de las marcas, el templo de las mercancías. Reino impenetrable a la realidad externa, posee no sólo un ambiente autónomo, sino su propia moral. En su interior, nada hay que inquiete, se vive en la santa paz de las estanterías. Densa vegetación de aparadores, inmenso depósito de tentaciones frívolas, el centro comercial es una lograda versión plástica de los sueños festivos. Por lo general, no es fastuoso ni extravagante ni de una elegancia sofisticada, es relajado, trivial, antisolemne. Fantasma hecho de retazos centellantes, nadería engalanada, su atmósfera es una tonada contagiosa, sin rumbo y sin pasiones. No es, como se piensa, un espacio exclusivo para los enanos de espíritu. Ahí no hay intrusos, todos caben entre sus corredores: mediocres y brillantes, ricos y globalifóbicos, niños decrépitos y ancianos reverdecidos, almas cavernícolas y espíritus sofisticados. Los centros comerciales son democráticos, abiertos, incluyentes; el consumo no, ese lo ejercen quienes tienen poder adquisitivo. Nunca faltan ofertas; sólo sobran hastíos y soledades que se amontonan, que chocan con amabilidad, pero que no se pulsan ni se afectan. El centro comercial encierra la antinomia social perfecta: nos vende televisores para hacernos sedentarios, pero en el piso de arriba hay una caminadora para que no exageremos; nos seduce con una variada opción de alimentos chatarra, pero 30 metros adelante hay productos reductivos y complementos alimenticios; nos asesina de aburrimiento con el color tedioso de su bullicio, pero hay cien taquillas abiertas para el entretenimiento puro. El centro comercial es una condensación de paradojas, un hábil equilibrista en el éxtasis de la simulación, en la venta de mentiras amigables, las cuales, todas juntas, construyen la única verdad social: "comprar es un arte", como asegura el slogan de una tienda de departamentos convertida en plaga urbana. Territorio minado de deseos incumplidos, el centro comercial es hoy la mejor caja de sorpresas rutinarias. 4. LA DISTRIBUCIÓN Detrás del consumidor, del producto, del centro comercial, está un sistema de distribución enfebrecido. Una incansable parvada de aviones acarrea gente y mercancía. En mayo de este año 2007 se rompió el record de vuelos programados en todo el mundo al llegar a 2 millones 510 mil despegues. Cada año la atmósfera sufre el impacto de alrededor de 30 millones de vuelos.
4 Sin embargo, más del 80% del comercio internacional se mueve por vía marítima a bordo de una flota superior a los 90,000 barcos, los cuales generan probablemente mayor impacto ambiental que los aviones. Sólo en el Estrecho de la Mancha transitan más de 1,000 buques diarios. Marabunta sobre las olas. Así, como aire ágil, las mercancías viajan en una intensa red de transportación: barcos, trenes, camiones de carga, aviones, conforman un ruidoso coro con miles de escalas, pero sin puntos de reposo. Y el kilometraje recorrido le da al producto categoría de bien globalizado, y simboliza la presunción universal de que los productos trazan infinitas rutas y posibilidades que no dejan a nadie fuera del carnaval del consumo. 5. LA PRODUCCIÓN Se necesitó de toda la historia humana para que la economía mundial llegara, en el año 1900, a los 600 mil millones de dólares. Hoy en día, avalancha imparable, la economía mundial crece en esta cifra cada 2 años. En el planeta, si Internet no es un Pinocho si nariz, cada hora se producen más de 1,000 pantallas de plasma, más 4 mil automóviles, 9 mil computadoras, 12 mil bicicletas, más de 18,000 celulares con cámara, y así así hasta hacer de la estadística un impactante desfile de bostezos. ¿Alguien se pregunta quién toma las decisiones sobre la producción? Quizá sólo los amargados dispuestos a ponerle peros a la fiesta, porque para el mercado la interrogante lo único que muestra es la inclinación por la retórica. Igual de grave que el impacto ecológico que ello ocasiona es que en los competitivos reajustes del capital internacional, el humano ha pasado a ser sólo un factor en la aplastante esfera de la productividad. El trabajador no es ya un humano a secas, es capital humano, elegante término para llamarle a un engrane que habla, a una pieza intercambiable de la maquinaria del pragmatismo y de la competencia caníbal. 6. DETRÁS DEL CONSUMO Más que los datos, importan los paisajes del alma y de la realidad social. Y sería una ingenuidad quedarnos envueltos en el argumento del consumo como el factor del deterioro. Detrás de los consumidores, de los productos, de los centros comerciales, de la distribución y de la producción, está una crisis en lo que Morin llama la psicosfera de los individuos, están la lógica coercitiva del mercado, el modo industrial de producción, la racionalidad económica que instrumentaliza la vida e industrializa los valores humanos. Racionalidad que da por natural las profundas injusticias económicas (como dijo el Cardenal Sandoval Iñiquez: Dios quiere tanto a los pobres que por eso hay muchos) ; racionalidad que da por complementarias las marcadas segregaciones e inequidades en los esfuerzos laborales (si todos fuéramos jefes habría una pandemia de desnutrición porque quién iba por las tortas) ;
5 racionalidad que da por homogéneos, en el valor del dinero, los bienes materiales, los culturales y los naturales (sería bueno ponerle precio a un Lacandón y exportarlo a algún excéntrico museo de Londres). El consumo es un telón de apariencia inocua; simula una anodina terapia colectiva; pero afuera, en el escenario de la realidad: está en juego la vida. El cuarto informe "Perspectivas del Medio Ambiente Mundial, Geo-4" del PNUMA, elaborado por 390 expertos y revisado por otros mil en todo el mundo, nos confirma lo que ya sabemos: detrás de la fachada, el futuro de la humanidad permanece en riesgo. Así, la realidad nos sacude con sus vientos de tormenta en lo mejor del sueño consumista. La dilución de los imperativos éticos ha permitido que el progreso y el mercado orienten, sin corazón y sin tiento, el rumbo de las sociedades. Ningún ratón fue tan estúpido para salir a ponerle el cascabel al gato; pero hay quienes aseguran que es posible ponerle corazón al mercado. 7. ¿PARA QUÉ SIRVE LA ÉTICA AMBIENTAL? En este contexto, la ética tiene, al menos, cuatro funciones: a) Ejercer la crítica y la denuncia. La ética nos otorga el derecho a la palabra, que no es otra cosa que el derecho a la política, como nos enseñó el siglo pasado Iván Ilich.  El pensamiento cuestionador es un pilar indispensable en el proceso de pasar, en palabras de José Ramón Ayllón, del homo sapiens al homo ethicus. El disenso abierto, frontal, inquebrantable resulta hoy ineludible. Hinkelammert denuncia que hay una estrategia mundial, un engranaje gigantesco que, enloquecido en su propio movimiento, ha perdido el sentido de la vida. Y nos invita, desde la plataforma de la ética, a ejercer una crítica insobornable, aunque nos acusen de amargados verdes. Todos, pero los universitarios de manera destacada, debemos sostener en cualquier tribuna y en el menor resquicio que no hay derecho ético para imponerle a millones de personas, tristes y trágicos destinos para sostener una realidad social pertinaz en el desprecio. No podemos dejar de denunciar, como dice Giorgio Argamen, que ante la ley la vida ya no cuenta; está, en el mejor de los casos, cosificada en los inventarios nacionales de biodiversidad. b) Construir teoría. La ética ambiental implica un ejercicio sistemático y abstracto de introspección colectiva, por lo tanto, nos conduce a la reflexión filosófica, teórica, sobre los criterios morales con los que nos relacionamos con la naturaleza. La teoría no es la mirada gélida de la razón, es el deseo de abrazar y explicarnos el mundo con quizá la mejor facultad que tenemos como especie: la capacidad de razonar y repensar la vida. Los sentimientos no construyen silogismos. Pero es en el corazón donde nace la inteligencia,  como convincentemente nos enseña Adela Cortina. El problema, me parece, es que rompimos el cordón umbilical entre el corazón y las neuronas, y a estas alturas de la civilización estamos aprendiendo que no era
6 necesario. Hoy nos resulta urgente una intervención de microcirugía que reintegre los sentires y los pensares, que sincronice los latidos del cuerpo y los vuelos de la razón. Pero la voluntad no basta, hacen falta cirujanos y todo parece indicar que no serán las universidades las que los gradúen, según aquí se ha dicho. Un cuestionamiento clave en este terreno, que requiere una respuesta teórica, es: ¿estamos contribuyendo a la creación del bien común? Y hoy, en el marco de la ética ambiental, el concepto de bien común no puede circunscribirse a los humanos, sino que exige incluir a otras especies que nos hacen partícipes de la vida. Es decir, requerimos que la ética ambiental contribuya a abordar teóricamente el bien común como un concepto en el que quepan no sólo las sociedades humanas, sino la vida en su conjunto. La ética ambiental será inviable si no creamos teoría sobre la vida, porque la ética, dice Leff, se ocupa de la titánica tarea de recrear los sentidos de la vida, de ponerle nuevamente nombre a las cosas, de desmontar la utopía de la absoluta superioridad humana. Cabe advertir que teoría no es sinónimo de abstractamente vago, por lo tanto, requerimos de una ética ambiental, como formulación teórica, que sea clara, explícita, profunda; de lo contrario se convierte en una invitación a correr a ninguna parte. c) Generar orientaciones prácticas, es la tercer función. Como afirma Ángel Maya, no somos sólo animales teóricos, tenemos por lo tanto el imperativo de convertirnos en el tren de aterrizaje de nuestras ideas y conceptos. Ello implica que la ética ambiental se entienda más que como restricción a la libertad de acción, como una trama de libertades que nos conduzca hasta la intimidad de nuestros comportamientos. Es decir, requerimos de una ética que no sean mandamientos que prohíban, sino exhortaciones que, en palabras de Oscar Motomura, "hagan que las cosas pasen". Paul Feyerabend, nos dice que la acción ecológica no nace de la proscripción, ni del discurso anónimo, homogéneo y plano, sino del sueño, de la idiosincrasia y de las esperanzas. Sin embargo, hacer de la ética ambiental un referente de la práctica social no es nada fácil, pues la conducta humana no depende sólo de la conciencia, como se afirma de manera reiterada, sino también de la lealtad a los principios, las pautas culturales, la educación, las convicciones, los afectos, la sensibilidad personal, los principios normativos y la responsabilidad. No hay una conexión directa y simple entre conciencia y conducta, lo que llevamos dentro es un arpa de fibras humanas que media entre el saber y el actuar. Entonces, la ética ambiental implica hacerlas vibrar de manera paralela, y en eso somos, me parece, todavía muy malos músicos.
7 d) Forjar posibilidades futuras es la cuarta función. "La ética es la gran creación de la inteligencia, pues nos abre el camino en la maraña de la selva y nos permite inventar un mundo habitable" dice Antonio Marina. Empantanadas en sus crisis, las sociedades humanas no están muertas ni inmóviles; sectores nada despreciables le apuestan a la esperanza, "esa paloma viva atrapada en los escombros" como la define Efraín Huerta. La esperanza es un resultado de las compatibilidades, es decir, un catálogo colectivo de sueños y horizontes posibles. La ética ambiental es uno de los diseñadores del catálogo e instrumento indispensable para evitar, o al menos disminuir, su posible perversión. Creador de realidades inverosímiles, el humano sigue siendo capaz de demostrar que todavía hay tesoros en los ojos, luces en las manos, fragancias en la inteligencia. La ética ambiental, entonces, es ese jardinero empecinado y convencido en su capacidad de hacer crecer lo que hoy estamos pisoteando. Finalmente, y ya de manera muy breve, creo que es importante enfatizar que la ética ambiental hace referencia a tres dimensiones: la individual, la social y la ecológica: 1) La primera, nos pone frente al espejo para preguntarnos, sin amagues, si no estamos siendo premeditadamente ciegos y cómodamente sordos en nuestra relación personal con la naturaleza. Este buceo introspectivo es muy distinto al solipsismo que termina en el amor al medio ambiente y el desprecio hacia los otros. Nuestras acciones son un bumerang, agua que vuelve al mar, reaprender este principio es ejercer la ética ambiental. En contraste, decir "dejaré de soñarme" sería el anti-eslogan de la ética. La ética individual es combustión interna, un tour por los nodos de la subjetividad, sin ella lo ambiental se agota en el follaje. 2) La segunda, la ética social, nos pone frente a los ojos de los otros para preguntarnos si no hemos actuado delante de problemas ambientales bajo el pragmático principio "si me beneficia, cuenten conmigo". De esta segunda dimensión nacen los proyectos de vida social y los esfuerzos por reconstruir las modalidades del ser-en-grupo , como las llama Guattari. Sin ellas, la ética carece de sentido, es árbol sin bosque. 3) La tercera dimensión, la ecológica, nos pone frente al aliento de la vida. Y a la vida, como se concluyó en el reciente encuentro iberoamericano de Carta de la Tierra, no nos toca, a menos que nos gane la soberbia, ponerla en el centro ni en los márgenes (no podemos colocarla en un lugar porque los ocupa todos). A la vida no deberíamos darle la categoría de raíz ni tampoco de follaje; no es eje ni aditamento; ni fondo ni superficie; ni sustancia ni esencia. La vida es mucho más que nuestras palabras y conceptos; es más grande que nuestro deseo de comprenderla.  La vida no es siquiera el soplo que nos conecta; es lo que nos hace posibles; es el hilo, poderoso y frágil, que nos sostiene en el universo. La ética en su dimensión ecológica, por lo tanto, nos conduce a la
8 conexión con ella, aprovechando ese enchufe múltiple que nos dan las distintas facultades de las que estamos dotados, como poéticamente nos explicó Ospina. Bueno, la ética ambiental es quizá una de las invocaciones simbólicas más seductoras de los últimos lustros, existe cierta fascinación por pronunciarla; aunque, debemos reconocerlo, su desarrollo práctico da la imagen de un tren bala japonés arrastrado por yuntas africanas, o de flotar alegremente en un globo amarrado. Lo importante, me parece, es que nos sumemos a la convicción de Reichmann, de que  "hemos nacido para soles más limpios". Muchas gracias .

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